Un Sheij de Invierno parte l. Por Abdul Wakil Cicco

  1. Existen en el sufismo, dos clases de maestros. Maestros visibles y primaverales, que todo el mundo puede reconocer. Frutas, floración, perfume todo en ellos salta a la vista. Son relámpagos rasgando el cielo. Sus voces sacuden la tierra. Y su mirada, penetra carne adentro. Hay, por otro lado, maestros imperceptibles a la vista. Curiosos que sopesan maestros como góndolas en el supermercado, los pasan de largo. Ni fruta, ni floración, ni perfume. A primera vista, una frustración. Son los sheiks de invierno. Lo suyo es pura raíz.

Los sentidos son tiranos. Si nada captan, nada existe. Sin embargo, los maestros invernales enseñan a adentrarse en puertas vedadas a la percepción. Aquel que no ve, pobre de él.

Allá va Mawlana Sheik Mehmet Adil, líder mundial de la orden Naqshbandi, paseando sus cabras por las colinas de Akbaba. Lleva vara, aunque no le hace falta: adonde quiera que va, las cabras lo siguen. Se acomodan en un desfiladero por la vera de la calle principal de Akbaba que conecta la mezquita, colina abajo, con, más arriba, el cementerio. Mehmet avanza, tuerce a izquierda, el asfalto reverdece y las cabras desarman filas y corren por la pradera.

Todo en Akbaba es ascendente y descendente. Curva y contracurva. Cresta de ola y retirada. Mehmet Adil inspecciona una rama. Ausculta el cielo. Se agacha. Se yergue. Su camisa. Su pantalón. Su rostro. Nada de todo eso tiene sudor, ni mota de polvo, ni azote verde del pastizal.

Nada mágico, ni significativo, ni esplendoroso en el paseo cotidiano de Mehmet Adil, junto a sus cabras. Ni discurso poético sobre el cielo rojo de Akbaba. Ni narración fantástica del santo enterrado arriba, en su cementerio. Las cámaras que buscan captar chispa mística en esas salidas vespertinas, sucumben al hastío de una marcha sin propósito más que llevar y traer un rebaño de cabras.

Mehmet Adil nacido en Damasco. Padre sheik. Madre santa. A la edad en que otros formaban familia, él enviudó. Mientras los discípulos de su padre, lo rodeaban buscando consejo, Mehmet Adil se trepaba al tractor, ajeno y en su mundo. Una vez le dijo a un antiguo derviche:

-Usted ha pasado más tiempo con mi padre que yo.

Estatura pequeña, mirada gacha, Mehmet Adil tiene 65 años y si alguien no señala lo que sucede con él bajo tierra, si alguien no pondera la maravilla de un ser que implosiona en lugar de desplegarse como estampida de mariposas, pasará a su lado y, Dios no lo permita, seguirá camino.

Para que esto no suceda, me propuse contar algunas cosas de Mawlana. Básicamente tres rasgos: el enmudecimiento. La mirada. Y la marcha.

Sellos de un sheik de invierno irrepetible (CONTINUARÁ…).