Sheij de invierno parte 2 «La enseñanza muda»

Sheik de invierno (parte 2)

 

La enseñanza muda

(Por Abdul Wakil Cicco)

 

Conocí a Mawlana nueve años atrás, en el patio abierto de su casa en las afueras de Estambul, de visita junto a unas parejas, como yo, de argentinos. Éramos siete.

 

Mawlana era por entonces Mawlana y no lo era: pues su padre, el gran Sheik Nazim Al Haqqani, aún estaba vivo. Sin embargo, había señalado públicamente que, su hijo mayor Mehmet Adil lo sucedería. Se suponía que otro sheik de más exposición ocuparía su lugar. Pero los maestros son así: hacen y deshacen a gusto.

 

El anuncio sacudió a la orden Naqshbandi y en especial, al sheik en cuestión, pero más aún, imaginamos, sacudió al propio Mehmet Adil. Sus primeros discursos son testimonio de ello: Mawlana habla en cuenta gotas, los anteojos empañados por la incomodidad, mientras trae palabras a la superficie como un hombre que extrae baldes de un pozo de agua. Su padre lo había nombrado Mawlana. Pero básicamente lo había llamado a salir del hogar. A salir del silencio. Su famoso silencio.

 

Aquella vez, para conocerlo en persona nos tomamos tres colectivos y atravesamos Estambul, desde el aeropuerto, durante horas. Había caído la tarde. Hacía frío. Mawlana nos esperaba con comida. Dos derviches llenaron una mesa con platos que incluían anchoas y panes caseros, y él se retiró hasta que estuviéramos satisfechos.

 

Aún flamante, aún sin estrenar, Mawlana era el futuro de nuestra orden. Mientras, en Chipre, su padre salía poco y nada de casa, y declinaba como un crepúsculo hermoso, su hijo en las afueras de Estambul, era brote y promesa, seguido apenas por un puñado de derviches, entre ellos su jardinero, su cuñado y su chofer. Mawlana era un nuevo amanecer.

 

Traíamos esa tarde muchas preguntas. Muchas expectativas. Sin embargo, ni bien quitaron la comida, y prepararon té en la mesa junto a Mawlana, a quien le habían puesto un manto de lana sobre los hombros, las preguntas se desmaterializaron. No es metáfora: lo que teníamos en mente, simplemente se fue. Quise, en mi rol de periodista, generar preguntas nuevas. No hubo caso. Sobre nosotros, caía un silencio de nieve.

 

-¿Alguien quiere preguntar algo a Mawlana? –dije, pues oficiaba de traductor. Los argentinos se encogieron de hombros.

 

Hice comentarios pasajeros, pero el silencio de Mawlana también los voló. Permanecimos minutos sin nada que decir, sintiéndonos un poco a la intemperie, temblando con el frío de Akbaba que, de noche en otoño, se ponía bravo.

 

Fue la primera vez que vimos a Mawlana operando sin mediar palabra. Conocimos en carne propia, su arte transformador del enmudecimiento.

 

Por supuesto, Mawlana algo dijo aquella noche. Pero aún eso puede ser imperceptible pues Mawlana habla en murmullo. Sin embargo, un sheik de invierno jamás levanta la voz. No les hace falta. Pues no hablan para los oídos. Es decir, no hablan para que uno escuche. Enmudecen para que uno cambie.

 

Si su padre hubiese querido un sucesor en la familia con poder de oratoria, habría elegido a su otro hijo, el menor: Bahauddin Adil. En sus charlas, emociona, divierte y hasta canta. Sin embargo, no lo hizo. No quería que, su continuidad en el linaje, enseñara sólo con palabras. Buscaba otra cosa. Pero, ¿qué?

 

Aquella vez, rezamos el magrib en el patio trasero de Mawlana, con gatos que iban y venían. Luego partimos, calle arriba, a la mezquita junto al cementerio. En lugar de encabezar la oración, Mawlana se puso a espaldas del iman y rezó codo a codo con nosotros. Uno más en esa mequita diminuta de madera, rodeada de lápidas. Culminado el rezo, los pocos derviches que lo acompañaban, salieron junto a él. Y a metros del cementerio, uno tras otro se inclinaron a besar su mano. Regresaron a casa, sin decir nada.

 

El Profeta, paz y bendiciones con él, no daba largos discursos. Ni siquiera su ponencia de despedida sobre Arafat, fue larga. Y hasta cuando escuchaba a un niño llorar, apresuraba la recitación.

 

Hablaba poco.

 

Lloraba mucho.

 

En esta sociedad que todo lo mide, todo lo cuenta, todo lo expone, llorar y enmudecer son expresiones revolucionarias.

 

Admitámoslo: nunca tuvimos una relación sana con el silencio. De niños, el silencio lo imponía la autoridad. De adultos, en cambio, nos hablan de que el silencio es cómplice y nos empujan a hablar.

 

Sin embargo, nadie nos dijo que el silencio también puede ser bendición. Respiro. Código secreto para los que saben. Ventana abierta al mar.

 

Hablando de secretos: en el camino del sufismo, existe un secreto contenido en el hombre. Y dentro del secreto, otro secreto más. A esos secretos se los velan con silencio.

 

Y se los revela en silencio.

 

Nos gusta, sin embargo, envolver todo en palabras: es nuestra forma de extraer lo desconocido, a lo conocido. Las palabras definen, limitan, encuadran. El silencio, en cambio, es vastedad e incertidumbre. El silencio es oceánico.

 

Los maestros siempre lo supieron: cuando se destila la verdad, la lengua tropieza.

 

Si uno lo piensa bien, los momentos más emotivos en su vida ha permanecido callado. En el punto álgido del amor. En el nacimiento del hijo. En el enamoramiento. En el largo y aguardado reencuentro. La dicha enmudece. La palabra, empaña.

 

Los que saben, dicen que el Sagrado Corán se resume en la Sura de Apertura. Los que saben aún más, afirman que está cifrado en la primera aleya. Y los más elevados, aseguran que se condensa en el punto inicial bajo la Ba, primera letra del libro. Ese punto, por su cuenta, no puede expresarse. Es el cálamo posado. Cóagulo de la expresión escrita.

 

Mawlana invita a un rosedal donde el habla, sobra y es pura espina. En este silencio compartido, nadie juzga. Nadie acusa. Nadie sabe más que otro. Es el verdadero jardín. El silencio íntimo donde maestro y discípulo se funden, en el puente de los mundos, en un abrazo sin fin.

 

Antes de partir, en la vereda de su casa, nos tomamos una foto. Mawlana se puso serio –más serio aún-. Nosotros también. Luego, indicó a su chofer para que nos llevara a nuestro hotel, del otro lado de la ciudad.

 

Viajamos de regreso durante una hora hasta la zona antigua y turística de Estambul. Atravesamos mezquitas como palacios. Guirnaldas de casas nocturnas. Era la primera vez que veíamos Estambul, una de las ciudades más bellas del planeta. Sin embargo, nadie dijo nada. Ni qué maravilla. Ni qué belleza. Nada. A bordo del auto, una derviche tomó un pañuelo descartable y lloró.

 

Por primera vez, aquella noche, Mawlana nos había hablado su mensaje sin palabras. Y algo dentro de nosotros, había escuchado. (CONTINUARÁ).